El mundo de la música, el arte y la academia está de fiesta, por el natalicio 116 del genio Adolfo Mejía Navarro
Homenaje a Adolfo Mejía,
Por: Vicente Arcieri
Hace 116 años en las mágicas sabanas de Sucre se escuchó el llanto del niño recién nacido, que, años después, sería un prodigio de la música y de las artes. Fue en Sincé, municipio que toma nombre de un cacique indígena y que después de la llegada de los españoles pasó a ser la Provincia de Cartagena.
Este hijo ilustre de Sincé fue bautizado como Adolfo Mejía Navarro, quien a los 15 años llegó a Cartagena de Indias a estudiar música y se convirtió en un cartagenero de corazón, de alma y sentimientos. Nació el 5 de febrero de 1905. Hoy el espíritu del maestro, del artista, del académico sigue vivo en cada calle y cada plaza de la ciudad vieja, que tanto recorrió; en las olas del mar que rompen contra las piedras; y en cada canto de los poetas que ven el sol morir desde la soledad de las murallas.
“Cartagena brazo de agarena, canto de sirena, canto de sirena que se hizo ciudad”, es considerado una de los más sublimes homenajes musicales que se le han hecho a Cartagena de Indias y esta joya fue creada en una noche de bohemia por el maestro Mejía junto con su amigo Leonidas Otálora.
Adolfo Mejía fue un hombre esotérico, bohemio, que fumaba con intensidad, de gran sensibilidad humana, pero también de una brillante inteligencia. El maestro Germán Céspedes, director del Conservatorio Adolfo Mejía de la Institución Universitaria Bellas Artes y Ciencias de Bolívar, Unibac, dice que el maestro Mejía no pertenecía al mundo de la crema y nata de la sociedad cartagenera de entonces. Que prefería los zaguanes, una bocanada de humo y la conversación creativa con un buen amigo. Sentía una gran pasión por España y hablaba, entre otros idiomas, el latín y griego.
Era un lector voraz y además de la poesía y la música, sentía pasión por la pintura. Habitante pertinaz de las largas noches de luna cartagenera, que lo inspiraban. Cosechaba amigos con facilidad, con los que departía el gusto de la creación y las tertulias académicas. Uno de ellos fue Daniel Lemaitre, gran poeta cartagenero, compositor y político. Aquella amistad terminó en algo sublime y eterno: el himno a Cartagena. Lemaitre compuso la letra y Mejía creó la música.
“Libertad, libertad, libertad: la fe con ardor grito”, dice un aparte de este poema a la Cartagena heroica y amante de la libertad. Mejía, justamente, fue un hombre que amaba la libertad, que no gustaba de los acartonamientos.
La historia del maestro cuenta que recién llegado a Cartagena de Indias empezó a estudiar música y de ahí inició una prolija vida de creación que le valió reconocimientos nacionales. Recibió condecoraciones por parte del Gobierno central y muchas más de distintos municipios del Caribe.
En un artículo titulado ‘Adolfo Mejía: equilibrio de la música regional y la académica’, escrito por Egberto Bermúdez Cujar y publicado por el Banco de la República, se dice que Mejía después de una iniciación musical familiar y una y una mediana educación formal en Cartagena, “incursionó en la práctica musical como director, compositor, arreglista y guitarrista combinando varios estilos, el jazz, la música de baile y los pasillos y bambucos colombianos”.
En 1930 viajó a Nueva York y allí participó activamente en la vida musical de la colonia hispanoparlante cercana a las emisoras y estudios de grabación de la NBC, la Columbia y la Víctor.
Agrega Bermúdez en su artículo que uno de sus más grandes logros musicales se da en esos tiempos cuando compone la canción ‘Cartagena’ (1933), con texto de Leonidas Otálora, “que en su melodía y acompañamiento exhibe el esquema rítmico de la danza caribeña y que se sitúa dentro del repertorio del bolero, uno de los principales géneros musicales latinoamericanos en las décadas centrales de siglo”.
En 1939 el maestro viajó becado a Francia para continuar sus estudios musicales, pero el estallido de la segunda Guerra Mundial no le permitió seguir y, después de una breve estadía en Francia e Italia, regresa a América por Brasil, en donde conoce a Leopold Stokowski, y viaja a Nueva York de nuevo con él y la American Youth Orchestra.
En 1970, Mejía obtuvo el Premio Nacional de Música y el Doctorado Honoris Causa de la Universidad de Cartagena.
Hoy, el Conservatorio Adolfo Mejía de la Unibac es un organismo consagrado a investigar y destacar la obra del maestro para que las nuevas generaciones tengan conocimiento y aprecio por el talento y la grandeza de este gran músico y compositor de Cartagena.
El maestro Hernán Alberto Salazar Cabarcas, Magíster en Historia del Arte Investigador Musical, se refiere al recital que se ofrece en la conmemoración de un nuevo aniversario del natalicio de Adolfo Mejía y dice que es dedicado exclusivamente a su obra de cámara que es “una puesta en escena sin precedentes cercanos dentro del principal templo del arte en Cartagena de Indias, el teatro que hoy, precisamente, lleva su nombre”.
Agrega que “aunque los últimos cuatro años desde el Conservatorio hemos realizado en noviembre una actividad que tiene por nombre “Semana Adolfo Mejía”, en la que profesores y estudiantes interpretamos los distintos formatos instrumentales para los que compuso, logrando también “poner a dialogar” a Mejía con otros compositores colombianos que le fueron contemporáneos mediante sus músicas, solo una intérprete de relevancia nacional y larga trayectoria académica había logrado realizar en los últimos 20 años un concierto monográfico donde se interpretaran obras de la autoría exclusiva de Mejía”.
Y este es la lucha y el trabajo constante del Conservatorio por no dejar que los tiempos borren de la memoria colectiva a este creador genial y, en especial, por divulgar su obra. Es una lucha cotidiana y noble para que el maestro Mejía viva por siempre.
